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Iroel Sanchez/La Pupila Insomne

Desde que el mundo es mundo comerciar implica comprar y vender; también dar y recibir crédito. Entre empresas y países pocas veces se paga en efectivo y mucho menos antes de recibir la mercancía.

Pero el “comercio” de alimentos, autorizado por Washington, entre Cuba y Estados Unidos implica que La Habana sólo puede comprar pagando por adelantado y en efectivo. Las empresas cubanas no pueden vender nada hacia territorio norteamericano. ¿Con qué dinero pagar entonces?

La prensa habla poco de ello pero una delegación de casi cien  empresarios agrícolas estadounidenses de visita en Cuba parece tenerlo muy claro. Devry Baughner, ejecutiva de Cargill y presidenta de la Coalición Agrícola de Estados Unidos por Cuba (Usacc), que lidera el grupo de casi un centenar de miembros procedentes de una veintena de estados del país norteño ha explicado muy bien sus objetivos durante una conferencia de prensa en La Habana:

“Estamos trabajando muy duro para lograr que el Congreso norteamericano elimine las restricciones que impiden el intercambio comercial entre nuestros países y creemos que este vínculo no debe ser en una sola dirección, sino recíproco, que los empresarios cubanos puedan vender sus productos a Estados Unidos; y, por supuesto, también en favor del levantamiento del bloqueo contra la Isla”

Michael Espy, ex Secretario de Agricultura bajo la administración de William Clinton y que también forma parte del grupo visitante explicó los objetivos de la delegación:

“Va a ser muy difícil cambiar el actual status de las sanciones contra Cuba, pero el argumento fundamental para hacerlo es la afirmación del presidente Barack Obama de que esa política no ha funcionado en los últimos 50 años”

“La cercanía entre los dos países es una ventaja para el comercio bilateral, pero las actuales restricciones obstaculizan su buen desarrollo, sobre todo la obligación de las entidades cubanas de pagar en efectivo y la prohibición de los créditos a la isla para las importaciones”

Paradójicamente, Cuba es un mercado a noventa millas de sus costas en el que, gracias a una sociedad diferente a la que Washington ha tratado de imponer, se importan alimentos para garantizar niveles de nutrición básicos a toda la población, pero donde los ciudadanos estadounidenses no pueden cumplir las dos libertades -de viaje y comercio- que su país lleva más de dos siglos proclamando al mundo y por las cuales ha llegado a ir a la guerra  y escrito millones de cuartillas.

Los agricultores estadounidenses lo han comprendido, no es muy difícil, porque los beneficios para todos están a la vista.