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La portada de The New Yorker recuerda un poco a la sede del Partido Republicano que aparece en los Simpson. Esta vez es todo el Congreso el que sale retratado como una casa encantada, un lugar terrorífico con fantasmas, murciélagos, telarañas, lápidas y esa verja en la que siempre acaba empalado alguien.

La cuenta atrás hasta el jueves se ha convertido en “una cuenta atrás hacia el Armagedón”, en expresión del reverendo Pat Robertson.

Vale, aceptemos que Robertson es un telepredicador desquiciado tras muchos años de anunciar la llegada del Maligno cada vez que un demócrata aparecía en la Casa Blanca. Aceptemos también que Michael Bachmann es una bruja psicótica que, a cuenta de la ayuda de EEUU a los rebeldes sirios, es capaz de ver cerca el Apocalipsis.

Pero no hay crisis política o económica que no se pueda solucionar invocando al Ser Supremo. Eso es lo que ha venido a decir el senador Ted Cruz, que reza para que se cumpla la voluntad de Dios y además está convencido de que eso será lo que suceda. Techos de deuda, bonos del Tesoro, suspensiones de pagos… todo eso son minucias porque podemos estar tranquilos. Se hará lo que Dios quiera que se haga.

Gente como Bachmann y Cruz son los que de momento tienen la llave para que haya un acuerdo. No todos los congresistas republicanos son así, evidentemente, pero a día de hoy no se han atrevido a promover un acuerdo con los demócratas para que ese pequeño artefacto administrativo llamado Estado siga funcionando.

Algunos periodistas creen que cuando se esté a punto de saltar desde el precipicio Obama podrá sacar de la chistera la Enmienda XIV de la Constitución, un texto de 1868 que en su sección cuarta básicamente le permite pasar por encima del Congreso en cualquier asunto relacionado con la deuda. Esa es la hipótesis de Hendrick Hertzberg en The New Yorker, que afirma que a lo único que se arriesga Obama es a un proceso de destitución (‘impeachment’) promovido por los republicanos en la Cámara de Representantes que no tendría ningún futuro ni en el Senado ni ante la opinión pública.

La hipótesis de esta enmienda no está muy alejada de la visión catastrofista de los republicanos más radicales. No está mucho menos claro jurídicamente que Obama se pueda saltar alegremente el control legislativo recurriendo a un instrumento legal que tenía una explicación bastante lógica en la época, pocos años después de la guerra civil. Sería como situar al país en otra confrontación interna existencial ante la que habría que reaccionar con medidas de emergencia. Un puro dislate.

Al final, la única salida viable, y por mal que estén las cosas la más probable, será un acuerdo complejo y retorcido que permita lanzar el balón seis o doce meses más adelante, momento en el que volverá a suscitarse el mismo drama. Es lo máximo que se puede obtener de la casa de los horrores. Como en las pelis de terror, en el último momento cuando está a punto de producirse la tragedia definitiva, el monstruo desaparecerá, nadie sabrá si ha muerto y así quedará disponible para la inevitable secuela.

(Tomado del blog Guerra Eterna)