Gabriel Dávalos

 

Viengsay Valdes

No pocos cuentos populares comienzan en Cuba con la historia del humilde origen del apellido Valdés: lo honraban aquellos niños sin padres que cierto orfanato recogía, y cultivaba. Desde entonces, cada vez que algún o alguna Valdés brilla entre cubanos, se le reconoce la herencia digna de su origen, para luego contar sus éxitos.

Durante muchos años la gente de pueblo la ha visto bailar -los afortunados citadinos- en los teatros y -los enraizados campesinos- por la televisión, y la mayoría de los habitantes de esta isla ha escuchado sobre su talento y virtuosismo: Viengsay Valdés es ahora “la bailarina de Cuba”.

Sobre la Valdés mucho se dice de boca en boca. Cuentan que, si de ballet se trata, todo lo que se propone… lo consigue. Es una bailarina impetuosa y disciplinada; bailar, en sus brazos y piernas, parece fácil. Se comenta en charlas plebeyas que ha recibido interesantes ofertas para trabajar fuera de Cuba, a cambio de jugosas sumas de dinero.

Suele pasar entonces que surjan las preguntas entre curiosos. Desde la ingenua: sobre qué sintió cuando la crítica internacional la seleccionó entre las mejores bailarinas del mundo, como sucedió hace un par de años, cuando la prestigiosa revista especializada Dance Europe la ubicó cuarta entre las damas. O la suspicaz: por qué se quedó en Cuba pudiendo hacer carrera internacional con grandes compañías foráneas y engordando su bolsillo.

Las preguntas desbordan a Viengsay. Pero Miguel Barnet, poeta, etnólogo cubano y amigo de la bailarina, ha dicho públicamente que no hay que hacerle preguntas porque Viengsay es -en sí misma- una gran respuesta para todos los que la admiramos dentro y fuera de esta tierra.

Precisamente Cuba, y lo que para ella significa, es la otra gran respuesta. Vi, como la llaman sus cercanos y la gente de pueblo que la ha seguido anónimamente en cada éxito, pronto cumplirá 20 años en el Ballet Nacional de Cuba. Y cuando alguien le toca el tema, le emociona hablar de su querida tierra “matria”, que cariñosamente llama Patria.

Siguen las leyendas populares acerca de la primera bailarina. Sobre su apego a la familia: cómo, desde niña, sus padres nunca dejaron de ir ni a una sola función en que ella actuara; sobre cuánto extraña a su papá Roberto, o del imprescindible apoyo de su mamá Clarita.

Algunos hablan de su glamour de primerísima, como las encumbradas de otras épocas. Mas, lo que disfrutan los amigos, dicen, es su risa pueblerina y contagiosa, sus “mejorables” ruedas de casino en las fiestecitas de muchachos en las noches habaneras, o los buenos ratos en la playa saltándose a escondidas la dieta estricta. También se dice que Vi Valdés es una chica sencilla, con la sensibilidad y elegancia del ballet clásico, pero con lo popular en el alma.

Hace unos años -comentan en La Habana-, Vi fue con sus amigos al Parque Lenin. La montaña rusa estaba repleta de personas. Todos querían montarla, y decidieron esperar. La bailarina, inconscientemente, adoptó su más cómoda y distinguida “primera posición” (los talones se juntan y los pies se giran hacia afuera hasta formar una línea), típica del ballet clásico. Alguien de la cola, al verla, le dijo a carcajadas: “¿Por qué te paras así? ¿Te piensas que eres Viengsay Valdés?”

La Valdés, diva serena, le devolvió la sonrisa; no supo qué contestar.

(Tomado de la revista Cuba Contemporánea)

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